Tengo un lunar nuevo,
dijiste.
Rápidamente
desplegué su cuerpo buscando ese raro accidente geográfico. Mi sorpresa
fue mayúscula, pues moraba en una de mis áreas de recreo predilectas.
Desoyendo a la razón y oráculos, emprendí la marcha avanzando
concéntricamente por mor de las Erinias. Próximo a sus faldas, las
brújulas enloquecieron y el peso de la gravedad se hizo insoportable
para mis porteadores. Sobre la cumbre observé la lógica iniciática de
sus formas y la certeza del imposible regreso.
(Lunar)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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La perpendicular enhiesta que separa tu
cuerpo y el mío tiene una pequeña falla corva, exactamente a cinco pies
sobre el nivel del mar. En ese punto, descienden un número finito de
vértebras hacia el vértice meridional. Remontando los peldaños, en las
regiones boreales, la cerviz conserva su frescor primitivo y pervive en
ella la estela olvidada de antiguos exploradores.
(Cuello)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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De madrugada,
las calles se tornan feraces,
el vaho vivifica las raíces que brotan de las calzadas
y el violento carmín de los tacones de aguja
se protege de la lluvia
en los párpados ocres de centeno
que duermen en las fachadas.
En los portales,
late un murmullo de acero y cuerpos deseantes,
los maestros de esgrima se baten en duelo
y entre adoquines
flotan cadáveres de enamorados
que ensayan caligramas.
Es oscura la noche entonces.
Las chicas hispanas desenredan sus trenzas en las cabinas
y anotan versos de nueve cifras sin remite,
los canes enloquecen con su propio rastro
y apátridas del cielo descienden
a trocar sus penas en los billares.
A esas horas, la luz es un animal herido,
que danza, como las tribales formas se contemplan,
en el latón abandonado de las esquinas
y en los verticales rostros
que aguardan tras las ventanas
su propia resurrección.
(Madrugada)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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Si yo fuera Kurt Cobain ya estaría muerto.
Un manto de flores amarillas ornaría mi tumba
y frágiles adolescentes, desnudos en una húmeda tarde de otoño,
entonarían mis versos con un estertor de ira en su mirada.
En esos días, en algún lugar ignoto, alguien alabaría mi obra,
un diario local celebraría la efeméride de un paso perdido
y una chiquilla, con la gélida belleza de aquel que lleva la muerte consigo,
tatuaría en su cuaderno dos nombres imposibles.
Esa noche, aquél que fue idolatrado y pasea aberrante su juventud impostada,
escribirá graves ofensas —incipiente y sobrevalorado—,
mientras un joven asiático hilvane ajeno un rostro de ceniza.
Si yo fuese él, nada diría.
El blanco encalaría un pequeño pueblo escarpado,
el azur irrumpiría en el sueño de un muchacho huidizo,
y al atardecer, frente al rumor del oleaje, todo habría acabado.
(Si yo fuera Kurt Cobain)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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Aquel que conmigo va
viste, algo más pulcro, mis propios trajes,
se detiene en las mismas aceras
y tiene la misma fingida sonrisa
a primera hora de la mañana.
Aquel que conmigo va
es, cosa fácil, unos centímetros más alto,
saluda cortésmente a las transeúntes
y desaprueba, con homérico desdén,
cuanto escribo sobre mi hombro.
Pero aquel que conmigo va
nunca está contigo a solas, creo,
ni conoce aquellos lugares recónditos
que exhibes feraz cuando me regresas.
Aquel, como un fantasma,
aguarda discreto en algún rincón oscuro
seguro de sí y de su victoria,
mientras gozo por unas horas
del dulce placer de la derrota.
(El otro)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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De estos huesos nada esperes,
su memoria se extinguió tras ellos.
¿Acaso las cenizas laten?
Sólo la piedra permanece.
(Ensayos para un epitafio)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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Acodada junto al friso, la joven del cabello rizado observa el vaporoso devenir de figuras, guarecida por el frío talle de las formas;
ruinas de alabastro sobre las que deslizo mis dedos intentando aprehender ecos de la obstinada memoria capturada entre sus grietas.
Tal vez, el mismo gesto mecánico al que Idomeneo se encomendara —no convenía a la leyenda que Tucídides lo recogiese— antes de zarpar hacia la magna Troya.
Gran día para el aqueo: los vítores de palacio anuncian virtuosas piezas de Camares y tributos dorados de Mesara;
delicadas ofrendas donde honrar las gestas del divino Minos, el arrogante Teseo y la erupción de la isla de la media luna.
Recuperado el pulso, con un suave aleteo, la joven del cabello rizado reclama mi presencia extendiendo el plano sobre la arena;
muescas de un lenguaje propio, perdido irremisiblemente, como el hermoso alfabeto tallado en los venerados pecios de la antigua Knossos.
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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Sobresaltado,
el farangi sacude las moscas
atraídas por el ensortijado hedor de la cabellera.
Tambaleándose ignora al oromo que guarda la madrasa y dilata las ebrias pupilas entre los haces que huyen de la Shoa.
Je est un autre.
Con carnal indiferencia, conduce hacia el lecho a una aterrada amhara, súbdita de Menelik II el Grande, mientras examina el delicado prisma de que le hace objeto.
Jadeante, exhuma sus demonios: el zumbido antiguo de una bala y el eco de hermosos caníbales tiritando vocales bajo los arcos del Sena
Tambaleándose ignora al oromo que guarda la madrasa y dilata las ebrias pupilas entre los haces que huyen de la Shoa.
Je est un autre.
Con carnal indiferencia, conduce hacia el lecho a una aterrada amhara, súbdita de Menelik II el Grande, mientras examina el delicado prisma de que le hace objeto.
Jadeante, exhuma sus demonios: el zumbido antiguo de una bala y el eco de hermosos caníbales tiritando vocales bajo los arcos del Sena
(El extranjero)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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En ocasiones, el pintor
borracho despierta aturdido
junto a una prostituta de torpe acento
que roba monedas entre telas y jirones.
Una chica rubia huye por los bulevares,
y un pésimo poeta, de tez altiva y breve,
la enésima encarnación del bardo de fuego,
sorbe hediondo un café en el barrio latino.
A esas horas, París es brillo y nieve.
Los enamorados cruzan las calles
y juran mentiras bajo sus aspas.
Los gendarmes ruedan slapsticks
y, sin resuello, la chica rubia
cae muerta en brazos de Belmondo.
Mientras oculto bajo la arena
el adoquín donde grabé tu nombre.
(París)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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junto a una prostituta de torpe acento
que roba monedas entre telas y jirones.
Una chica rubia huye por los bulevares,
y un pésimo poeta, de tez altiva y breve,
la enésima encarnación del bardo de fuego,
sorbe hediondo un café en el barrio latino.
A esas horas, París es brillo y nieve.
Los enamorados cruzan las calles
y juran mentiras bajo sus aspas.
Los gendarmes ruedan slapsticks
y, sin resuello, la chica rubia
cae muerta en brazos de Belmondo.
Mientras oculto bajo la arena
el adoquín donde grabé tu nombre.
(París)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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En mi veintiocho aniversario
Si yo fuera Kurt Cobain ya estaría muerto.
Un manto de flores amarillas ornaría mi tumba
y frágiles adolescentes, desnudos en una húmeda tarde de otoño,
entonarían mis versos con un estertor de ira en su mirada.
En esos días, en algún lugar ignoto, alguien alabaría mi obra,
un diario local celebraría la efeméride de un paso perdido
y una chiquilla, con la gélida belleza de aquel que lleva la muerte consigo,
tatuaría en su cuaderno dos nombres imposibles.
Esa noche, aquél que fue idolatrado y pasea aberrante su juventud impostada,
escribirá graves ofensas —incipiente y sobrevalorado—,
mientras un joven asiático hilvane ajeno un rostro de ceniza.
Si yo fuese él, nada diría.
El blanco encalaría un pequeño pueblo escarpado,
el azur irrumpiría en el sueño de un muchacho huidizo,
y al atardecer, frente al rumor del oleaje, todo habría acabado.
(Si yo fuera Kurt Cobain)
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Aquel que conmigo va
viste, algo más pulcro, mis propios trajes,
se detiene en las mismas aceras
y tiene la misma fingida sonrisa
a primera hora de la mañana.
Aquel que conmigo va
es, cosa fácil, unos centímetros más alto,
saluda cortésmente a las transeúntes
y desaprueba, con homérico desdén,
cuanto escribo sobre mi hombro.
Pero aquel que conmigo va
nunca está contigo a solas, creo,
ni conoce aquellos lugares recónditos
que exhibes feraz cuando me regresas.
Aquel, como un fantasma,
aguarda discreto en algún rincón oscuro
seguro de sí y de su victoria,
mientras gozo por unas horas
del dulce placer de la derrota.
(El otro)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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De estos huesos nada esperes,
su memoria se extinguió tras ellos.
¿Acaso las cenizas laten?
Sólo la piedra permanece.
(Ensayos para un epitafio)
Toni Quero, Los adolescentes furtivos
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KNOSSOS
Cuando lleguéis a viejos,
respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejos.
(Joaquín Pasos)
si es que llegáis a viejos.
(Joaquín Pasos)
Acodada junto al friso, la joven del cabello rizado observa el vaporoso devenir de figuras, guarecida por el frío talle de las formas;
ruinas de alabastro sobre las que deslizo mis dedos intentando aprehender ecos de la obstinada memoria capturada entre sus grietas.
Tal vez, el mismo gesto mecánico al que Idomeneo se encomendara —no convenía a la leyenda que Tucídides lo recogiese— antes de zarpar hacia la magna Troya.
Gran día para el aqueo: los vítores de palacio anuncian virtuosas piezas de Camares y tributos dorados de Mesara;
delicadas ofrendas donde honrar las gestas del divino Minos, el arrogante Teseo y la erupción de la isla de la media luna.
Recuperado el pulso, con un suave aleteo, la joven del cabello rizado reclama mi presencia extendiendo el plano sobre la arena;
muescas de un lenguaje propio, perdido irremisiblemente, como el hermoso alfabeto tallado en los venerados pecios de la antigua Knossos.
Toni Quero
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