Microrrelato publicado en el libro microOrganismes, ed. Montcada Comunicació, 2009

EL ESFÉRICO
Supe
por el noticiario que el clima sería adverso aquella tarde, como
inevitablemente debía salir pensé en protegerme la cabeza, pero una
torpeza de última hora hizo que olvidase el sombrero y afronté el
exterior a cráneo descubierto.
Los
vientos racheados, no por esperados menos violentos, golpeaban con tal
virulencia que me volaron la testa unos metros por delante.
Desconcertado intenté alcanzarla antes de que unos niños se divirtiesen
pateándola.
Tras un mal tiro, el cráneo rebotó en una farola y
cayó franco a mis pies. Lo golpeé débilmente para voltearlo, el rostro
era irreconocible. Resignado, devolví el esférico a los chicos y me
alejé con una sensación de ligereza sobre los hombros.
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EL HOMBRE DEL MALETÍN
Llevaba absorto lo suficiente en la
lectura como para no darme cuenta que mi parada había quedado bastante
atrás. Decidí bajarme en la próxima y tomar un taxi. Sentado enfrente,
un hombre extrañamente vestido, con un pequeño bigotillo corriendo
paralelo a sus labios, consultaba, con las manos enguantadas, el
contenido de un elegante maletín de madera abierto sobre sus rodillas.
Al llegar a la parada, el insólito personaje abandonó el vagón detrás
de mí y me sobrepasó dando grandes zancadas. Sin ningún propósito
concreto decidí seguirlo a cierta distancia hasta encontrar un taxi.
Estaba oscureciendo y, en cierto modo, me reconfortaba saber que había
alguien cerca; verdaderamente, debí de estar suspenso mucho rato en la
lectura, pues no reconocía aquellas calles empedradas.
Doblando la primera esquina, alguien a la carrera topó
conmigo y di de bruces contra el suelo. El sujeto no se detuvo y
desapareció de inmediato, apenas si pude entrever que vestía un
sombrero de ala ancha y un oscuro gabán. Por fortuna, una señora con lo
que parecía un traje regional y en un acento que me resultaba familiar,
aunque extraño, se interesó por mi estado y me ayudó a levantarme.
Desorientado, reconocí al fondo las vías y me dirigí confuso en esa
dirección; incomprensiblemente, era una reluciente máquina de vapor lo
que ahora andaba sobre ellas. Fue en aquel momento cuando empecé a
sentirme observado.
Toni
Quero
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En la espléndida bitácora La nave de los locos se invitaba a los lectores a
recuperar la palabra acercanza a través de alguna obra de
creación, me permití la libertad de colaborar con este microrrelato donde, a su vez, intento con
humor rescatar del olvido batihoja, término por el que cierto
especial predilección.

EL DUELO
El día amaneció inusitadamente claro, las armas prestas descansaban en sus horquillas, el olor a polvora exudaba en los contrarios. El docto craso, escoltado por su fiel y enjuto subsecretario, tomó posiciones; el provecto rapsoda, descamisado y brazos en cruz, exhortaba desatado. El presidente compuso un emotivo zéjel para la ocasión. El silencio precedió a las descargas. Un desplomado mirlo y el alarido de un subsecretario pusieron fin a la contienda.
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LA DENTELLADA
Una noche desperté de súbito con un fuerte dolor en el costado. Al encender la luz encontré la marca profunda de un mordisco.
A la mañana siguiente, mis padres me llevaron de urgencia al médico y me extirparon el apéndice. Sin embargo, nadie pudo explicar la dentellada.
Días más tarde dormía, como de costumbre, con el brazo extendido sobre la almohada. Me desperté estremecido al sentir el tacto de unos dedos sobre los míos.
Desde entonces no puedo conciliar el sueño. Paso las noches en vela con la luz encendida.
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